Una jornada de baloncesto, larga, y que me deja cansado, pero satisfecho. Una sesión con los pequeñajos (7 y 8 años) por la mañana llena de situaciones "entrañables", de esas que solo se pueden tener con los críos (cuando tienen el día y que han decidido portarse bien). Luego partido de las mayores, senior, primera división autonómica (aquí hay tres). Partido de preparación, impreciso, pero muy luchado, contra un equipo de una categoría superior a la suya, que ganan con mucho esfuerzo, pero con fases de buen juego ( para estas alturas de la temporada). Y para acabar, una sesión de entrenamiento con mis infantiles, un par de horas para trabajar series de tiro y algunos aspectos del juego colectivo. Un tiempo aprovechado, de buenos resultados relativamente rápido, con secuencias muy buenas que me hace ser optimista ( a pesar de las lesiones y los problemas con las que hemos empezado la temporada). Y sobre todo esa sensación que me transmite el equipo, de confianza, de atención y respeto que muy pocas veces he vivido de esta manera. Y poder hablar con mis jugadoras, aunque sean niñas de 12 años, y poder comunicar sobre el juego, sobre lo que esperamos de ellas, sobre los aspectos a corregir, a trabajar, y ver ese esfuerzo inmediatamente en la cancha. Las buenas cosas de ser entrenador, que por desgracia, no nos llegan con demasiada frecuencia.

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