lunes, 6 de septiembre de 2010

A puerta cerrada


Me gusta como suena la palabra Berlín en inglés. No me preguntéis por qué, pero me gusta. Supongo que es una de esas cosas que nos suceden y que no necesitamos explicar porque nos basta con saber que nos provocan algún tipo de satisfacción (más o menos oculta); cosas, por cierto, que no sabría citar ahora. Me refiero a esos momentos de "gracia" que yo llamo normalmente de "felicidad" en los que nos sentimos, o en todo caso yo me siento, como un perro al que le rascan la barriga: satisfacemos un antiguo instinto primario, y cuanto más operamos en modo instintivo, menos necesidad tenemos de razones para las cosas que hacemos. Son lo que son y nos gustan, sin que seamos capaces de explicar razonablemente el motivo. Esos momentos son tan raros, y efímeros, que sólo recordamos haberlos vivido cuando vuelven a producirse. De hecho, a los pocos segundos ya comienzan a diluirse, desplazados por las interpretaciones racionales de lo que sentimos, por la memoria de otros momentos, felices o no, o simplemente porque no somos capaces de detenernos en nuestras ocupaciones...

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