lunes, 1 de diciembre de 2008

Pequeños placeres cotidianos: Arreglar cosas.



Qué gran placer el de haber terminado de limpiar la casa, de recoger una habitación, de doblar la ropa y dejarla ordenada en el armario. Qué placer mirar la casa ordenada y limpia. Es extraordinario. No dura mucho, no, normalmente hasta que la primera miga cae al suelo, la primera chaqueta queda tirada sobre el sofá, o la manta de ver la tele sin doblar...pero esos instantes de satisfacción no nos los quita nadie. Lo que tampoco nos quita nadie es la pereza monumental de tener que empezar a hacerlo. Cuántas vueltas y excusas nos buscamos...el tendal que lleva una semana y media en el salón con la ropa acartonada, las pelusillas que se forman en las esquinas (el signo claro de que hay que limpiar es cuando te cae un trozo de comida al suelo y te da asco comerlo, no porque tenga cosas pegadas, sino porque SABES que el suelo está sucio. Llegado ese punto, hay que hacerlo). Pero bueno, muchos otros han escrito sobre el tema, así que no voy a ir más lejos.

De lo que en realidad quiero hablar es del placer de arreglar cosas. Yo soy negao para todo lo que sea trabajo manual, bricolaje y reparaciones varias. Pero completamente inútil. Y es por eso que cada vez que puedo arreglar alguna cosilla de casa, pues me doy una alegría. Con arreglar me refiero a cambiar una bombilla acordándome de cortar la corriente, poner un poco de cinta en un codo que gotea (para luego darme cuenta de que en realidad escurría del lavabo...), apretar el tornillo que une el mango de una sartén, pegar un soporte para un trapo de cocina...cosas así. Bueno, el caso es que esta tarde he puesto la calefacción y el radiador de la habitación no funcionaba. Habrá que “purgarlo”, me digo, recordando la exitosa experiencia de purgado de los radiadores de Lugo. Pillo un vaso, abro el pitorrillo, el agua sale, pestilente; el agua sale, el agua sale, el agua sale, el agua sale, el agua sale, el agua sale; hop! cierro el pitorrillo, vacío el agua y toco el radiador: Parece como un poco tibio (por adentro); pues habrá que sacar más agua. Repito el procedimiento y esta vez cada vez sale menos agua, cada vez menos agua, cada vez menos agua, cada vez menos agua, cada vez menos agua; cierro, toco, y nada. Bueno, estará estropeao. Resulta que van a venir a revisar el calentador esta semana, así que aprovecharé para preguntar.

Me voy al entrenamiento, vuelvo. Por el camino se me ocurre una idea para un artículo (no éste) que escribiré mañana (quizá). Me despeloto y me voy a duchar. Agua gélida, con tropezones de hielo. Me seco los pies (helados) y voy a la cocina. Abro el grifo. Nada. Miro la presión. Nada. Quiero decir, cero patatero.


Crisis: me habré cargao el chisme con la tontería del radiador. Al vaciarlo habré jodido la presión, joder, me voy a tener que duchar en agua fría, menos mal que vienen a revisarla, pero mañana tengo mil historias, así que me voy a tener que duchar en agua fría. Entonces veo una etiqueta que reza así: en caso de que la presión sea inferior a 1, accionar la manecilla “m”45º a la derecha, luego la manecilla “p” 45º a la izquierda, pulsar el botón 7, accionar la manivela C, cuando la presión vuelva a estar entre 1 y 2 bares, volver todas las manecillas, botones y manivelas a sus posiciones originales.


Eureka! Funciona. Qué gran momento, yo, en pelotas, en la cocina, con una sonrisa de oreja a oreja, dando botes porque acabo de reparar el calentador. Qué gran momento os habéis perdido, ya os lo digo, que gran momento...


PD: Pero vosotros me queréis igual, ¿no?

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