lunes, 10 de septiembre de 2012

Las horas muertas



Esta tarde he tenido un rato vacío entre el entrenamiento y una reunión con una de las entrenadoras del club. Una hora, o algo menos, en la que me daba pereza volver hasta casa, porque aunque esté cerca, en cuanto llegas ya casi es de nuevo la hora de marcharse. Así que (por pereza) me quedé en el gimnasio esperando. Es el domicilio social de la asociación de la que forma parte la sección de baloncesto, asociación que, en un principio, nació sobre todo asociada a la petanca lionesa (que es como la otra, pero con matices que yo no sé apreciar). Así que junto al gimnasio hay un local social, una especie de bar para los socios con mesas para echar la partida, y unos terrenos de petanca justo enfrente. Lo tienen todo muy bien montado, aunque el ambiente es más bien de club de jubilados, pero hay unas mesas al exterior, bajo el porche, y allí me quedé leyendo un rato mientras esperaba que la entrenadora con la que tenía que hablar acabase su entrenamiento. Hacía bueno, aunque el sol ya estaba muy bajo (ya sabéis que aquí anochece antes), y la verdad es que se estaba de maravilla. No fue un momento "mágico", ni nada por el estilo. Simplemente unos minutos de tranquilidad que realmente disfruté, simplemente dejándome estar.

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