He tenido un sueño muy extraño, uno de esos en los que te da la impresión de estar viviendo una película, con historia, acción y personajes variopintos...ahora solo recuerdo algunos detalles, pero creo que serán suficientes para que os hagáis una idea. La situación general era apocalíptica, del estilo "La guerra de los mundos". Sé que huía solo en una gran ciudad, con autopistas gigantescas que se cruzaban sin parar, en una moto (en mi vida me he subido a una moto). En uno de tantos cambios de carretera, me cruzo con dos mujeres que ya había visto antes (en mi sueño). Recuerdo que me paro y que hablamos como si nos conociésemos. Hacen autoestop. Dudo si llevarlas conmigo. Me voy solo, pero unos metros más adelante la circulación está cortada. No hay salida. Abandono la moto y salgo andando de la autopista. Me encuentro en un barrio extraño con compañeros de aventura que no conozco, pero que conozco (en el sueño). Recuerdo una imagen desde un barrio de extrarradio, de casas bajas, al atardecer (quizá) y una especie de robots gigantes que se pasean por las autopistas donde había estado antes. Entramos en un supermercado. Llueve. Situación confusa, no tengo dinero. Los que me acompañan se cuelan en el supermercado por una puerta lateral. Me quedo fuera, en un soportal, resguardándome de la lluvia. Necesito comprar comida pero no tengo dinero. El hecho de que se cuelen me hace sentir incómodo. No puedo unirme a ellos.
Me despierto, puede que varias veces, a distintos momentos, que entrecortan todavía más el sueño. Recuerdo la sensación de huida, de miedo sin pánico, del frío de la lluvia y del placer de resguardarme, de la imagen del atardecer viendo la ciudad, del pudor que me impide atravesar esa puerta...
Son raras las ocasiones en la que recuerdo un sueño. Quizá tenga que ver con mi lectura de ayer por la noche. Un ensayo de Borges que habla de autores que han descubierto obras durante el sueño. Os lo dejo aquí:
El sueño de Coleridge
de Jorge Luís Borges
El fragmento lírico Kubla Khan (cinquenta y tantos versos rimados e
irregulares, de prosodia exquisita) fue soñado por el poeta inglés
Samuel Taylor Coleridge, en uno de los días del verano de 1797.
Coleridge escribe que se había retirado a una granja en el confín de
Exmoor; una indisposición lo obligó a tomar un hipnótico; el sueño lo
venció momentos después de la lectura de un pasaje de Purchas, que
refiere la edificación de un palacio por Kublai Khan, el emperador cuya
fama occidental labró Marco Polo. En el sueño de Coleridge, el texto
casualmente leído procedió a germinar y a multiplicarse; el hombre que
dormía intuyó una serie de imágenes visuales y, simplemente, de palabras
que las manifestaban; al cabo de unas horas se despertó, con la
certidumbre de haber compuesto, o recibido, un poema de uno trescientos
versos. Los recordaba con singular claridad y pudo transcribir el
fragmento que perdura en sus obras. Una visita inesperada lo interrumpió
y le fue imposible, después, recordar el resto. "Descubrí, con no
pequeña sorpresa y mortificación -cuenta Coleridge- que si bien retenía
de un modo vago la forma general de la visión, todo los demás, salvo
unas ocho o diez líneas sueltas, había desaparecido como las imágenes en
la superficie de un río, en el que se arroja una piedra, pero, ay de
mí, sin la ulterior restauración de estas últimas." Swinburne sintió que
lo rescatado era el más alto ejemplo de la música del inglés y que el
hombre capaz de analizarlo podría (la metáfora es de John Keats)
destejer un arco iris. Las traducciones o resúmenen de poemas cuya
virtud fundamental es la música son vanas y pueden ser perjudiciales;
bástenos retener, por ahora, que a Coleridge le fue dada en un sueño una página de no discutido esplendor.
El caso, aunque extraordinario, no es único. En el estudio psicológico The world of dream,
Havelock Ellis lo ha equiparado con el del violinista y compositor
Giuseppe Tartini, que soñó que el Diablo (su esclavo) ejecutaba en el
violín una prodigiosa sonata; el soñador, al despertar, dedujo de su
imperfecto recuerdo el Trillo del Diavolo. Otro clásico ejemplo
de cerebración inconsciente es el de Robert Louis Stevenson, a quien un
sueño (según él mismo ha referido en su Chapter on dreams) le dio el argumento de Olalla y otro, en 1884, el de Jekyll y Hyde.
Tartini quiso imitar en la vigilia la música de un sueño; Stevenson
recibió del sueño argumentos, es decir, formas generales; más afín a la
inspiración verbal de Coleridge es la que Beda el Venerable atribuye a
aedmon (Historia eclesiastica gentis Anglorum, IV, 24). El caso
ocurrió a fines de siglo VII, en la Inglaterra misionera y guerrera de
los reinos sajones. Caedmon era un rudo pastor y ya no era joven; una
noche, se escurrió de una fiesta porque previó que le pasarían el arpa, y
se sabía incapaz de cantar. Se echó a dormir en el establo, entre los
caballos, y en el sueño alguien lo llamó por su nombre y le ordenó que
cantara. Caedmon contestó que no sabía, pero el otro le dijo: "Canta el
principio de las cosas creadas." Caedmon, entonces, dijo versos que
jamás había oído. No los olvidó, al despertar, y pudo repetirlos ante
los monjes del cercano monasterio de Hild. No aprendió a leer, pero los
monjes le explicaban pasajes de la historia sagrada y él "los rumiaba
como un limpio animal y los convertía en versos dulcísimos, y de esa
manera cantó la creación del mundo y del hombre y toda la historia del
Génesis y el éxodo de los hijos de Israel y su entrada en la tierra de
promisión, y muchas otras cosas de la Escritura, y la encarnación,
pasión, recurrección y ascensión del Señor, y la venida del Espíritu
Santo y la enseñanza de los apóstoles, y también el terror del Juicio
Final, el horror de las penas infernales, las dulzuras del cielo y las
mercedes y los juicios de Dios." Fue el primer poeta sagrado de la
nación inglesa; "nadie se igualó a él -dice Beda-, porque no aprendió de
los hombres sino de Dios." Años después, profetizó la hora en que iba a
morir y la esperó durmiendo. Esperemos que volvió a encontrarse con su
ángel.
A primera vista, el sueño de Coleridge corre el albur de parecer menos asombroso que el de su precursor. Kubla Khan
es una composición admirable y las nueve líneas del himno soñado por
Caedmon casi no presentan otra virtud que su origen onírico, pero
Coleridge ya era un poeta y a Caedmon le fue revelada una vocación. Hay,
sin embargo, un hecho ulterior, que magnifica hasta lo insondable la
maravilla del sueño en que se engendró Kubla Khan. Si este hecho
es verdadero, la historia del sueño de Coleridge es anterior en muchos
siglos a Coleridge y no ha tocado aún a su fin.
El poeta soñó en 1797(otros entienden que en 1798) y publicó su
relación del sueño en 1816, a manera de glosa o justificación del poema
inconcluso. Veinte años después, apareció en París, fragmentariamente,
la primera versión occidental de una de esas historias universales en
que la literatura persa es tan rica, el Compendio de historias de
Rashid el-Din, que data del siglo XIV. En una página se lee: "Al este
de Shang-tu, Kublai Khan erigió un palacio, según un plano que había
visto en un sueño y que guardaba en la memoria." Quien esto escribió era
visir de Ghazan Mahmud, que descendía de Kublai.
Un emperador mogol, en el siglo XIII, sueña un palacio y lo edifica
conforme a la visión; en el siglo XVIII, nu poeta inglés que no pudo
saber que esa fábrica se derivó de un sueño, sueña un poema sobre el
palacio. Confrontadas con esta simetría, que trabaja con almas de
hombres que duermen y abarca continentes y siglos, nada o muy poco son,
me parece, las levitaciones, resurrecciones y apariciones de los libros
piadosos.
¿Que explicación preferiremos? Quienes de antemano rechazan lo
sobrenatural (yo trato, siempre, de pertenecer a ese gremio) juzgarán
que la historia de los dos sueños es una coincidencia, un dibujo trazado
por el azar, como las formas de leones o de caballos que a veces
configuran las nubes. Otro argüirán que el poeta supo de algún modo que
el emperador había soñado el palacio y dijo haber soñado el poema para
crear una espléndida ficción que asimismo paliara o justificara lo
truncado y rapsódico de los versos.
Esta conjectura es verosímil, pero nos obliga a postular,
arbitrariamente, un texto no identificato por los sinólogos en el que
Coleridge pudo leer, antes de 1816, el sueño de Kublai.
Mas encantadoras con las hipótesis que transcienden lo racional. Por
ejemplo, cabe suponer que el alma del emperador, destruido el palacio,
penetró en el alma de Coleridge, para que éste lo reconstruyera en
palabras, más duraderas que los mármoles y los metales.
El primer sueño agregó a la realidad un palacio; el segundo, que se
produjo cinco siglos después, un poema (o un principio de poema)
sugerido por el palacio; la similitud de sueños deja entreveder un plan;
el período enorme revela un ejecutor sobrehumano. Indagar el propósito
de ese inmortal o de ese longevo sería, tal vez, no menos atrevido que
inútil, pero es lícito sospechar que no lo ha logrado. En 1961, el P.
Gerbillon, de la Compañía de Jesus, comprobó que del palacio de Kublai
Khan sólo quedaban ruinas; del poema nos consta que apenas se rescataron
cincuenta versos. Tales hechos permiten conjeturar que la serie de
sueños y de trabajos no ha tocado a su fin. Al primer soñador fue
deparada en la noche la visíon del palacio y lo construyó; al segundo,
que no supo del sueño del anterior, el poema sobre el palacio. Si no
marra el esquema, algún lector de Kubla Khan soñará, en una noche
de la que nos separan los siglos, una mármol o una música. Ese hombre
no sabrá que otro dos soñaron, quizá la serie de los sueños no tenga
fin, quizá la clave esté en el último.
Ya escrito lo anterior, entreveo o creo entrever otra explicación.
Acaso un arquetipo no revelado aún a los hombres, un objeto eterno (paa
usar la nomenclatura de Whitehead), esté ingresado paulatinamente en el
mundo; su primera manifestación fue el palacio; la segunda el poema.
Quien los hubiera comparado habría visto que eran esencialmente iguales.


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