Recuerdo perfectamente las imágenes de los atentados vistas en directo por la tele. Por aquel entonces (diez años han pasado, que manda narices...) vivía en el piso de la calle Recatelo, y estábamos comiendo delante de la tele cuando llegó la noticia. Ayer, durante todo el día, maratón de imágenes de todo tipo, desde todos los ángulos, con testimonios de todos y cuantos pudieron verse afectados por la catástrofe. Pero de todos esos testimonios no creo que quede nada, porque se tratan con un lenguaje demasiado cinematográfico, narrativo, y no dejan de ser "unas imágenes más". Entre los muchos comentarios hubo alguno que justificaba el hecho de volver sobre las imágenes, comparándolas con la masacre judía durante la segunda guerra mundial. Yo no creo que sea así. Desgraciadamente, las imágenes de explosiones, de aviones estrellándose, de derrumbamientos o demoliciones de edificios, forman parte de nuestro imaginario cotidiano, a través de películas y periodismo televisivo, y nunca podrán tener el mismo impacto que las de los horrores nazis, ya que estamos saturados de ellas, inmunizados. Si recordamos tan vivamente las imágenes del directo es, precisamente, porque nos convierten en testigos de un hecho excepcional que ya forma parte de la historia. Es, en el fondo, nuestra manera de participar a la memoria colectiva de un acontecimiento que será estudiado dentro de unos años, como el asesinato del archiduque de Austria o como la Shoah. Hay un antes y un después del once de septiembre de dos mil uno, aunque quizá nunca lleguemos a sentir los cambios.
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