
Leyendo unos textos suyos (muy recomendables) no puedo evitar compartir un par de párrafos que me parecen memorables en la escritura (y graciosos en el fondo). Espero que os gusten.
"[...] La mayoría de los jóvenes acostumbran hoy* a llamarse a voces unos a otros por sus nombres de pila, o por las abreviaciones de sus nombres de pila, o por los más íntimos sustitutos de sus nombres de pila, tan pronto como son presentados, o incluso antes de ser presentados. Si (como bien sabemos usted y yo, que somos gente elegante) la deslumbrante y distinguida señorita Vernon-Vavasour fue bautizada como Gloria, pero sus amigos más devotos la llaman Gárgaras, hoy no hay la menor diferencia entre quienes la llaman Gárgaras, quienes la llaman Gloria y quienes normalmente preferirían, cuando alguien a quien no conocen acaba de presentársela, llamarla señorita Vernon-Vavasour."
Tratarse por el nombre de pila (o de otro modo)
*(finales del siglo XIX, principios del XX)
"[...] Abrí el libro y mis ojos cayeron sobre estas espléndidas y satisfactorias palabras: "La abuela del dragón." Al menos eso era razonable; al menos eso era comprensible; al menos eso era verdadero. ¡La abuela del dragón!, mientras paladeaba aquel aroma de auténtica realidad humana, levanté de pronto la mirada y me encontré con aquel monstruo de la corbata verde de pie en el umbral.
Quiero pensar que escuché con la educación oportuna lo que dijo acerca de la sociedad; pero cuando mencionó de pasada que no creía en los cuentos de hadas, perdí el control. "Pero bueno-le dije-, ¿qué clase de hombre es usted que no cree en los cuentos de hadas? Es mucho más fácil creer en Barbazul que creer en usted. Una barba azul es una desdicha, pero hay corbatas verdes que son un pecado. Es muchísimo más fácil creer en un millón de cuentos de hadas que creer en alguien que no cree en los cuentos de hadas. Antes besaría a los Grimm en lugar de la Biblia y juraría por todos sus cuentos como si fuesen los treinta y nueve artículos de la religión, que decir seriamente y de todo corazón que puede existir alguien como usted; que no es usted alguna tentación del demonio o alguna ilusión del vacío. Mire estas palabras sencillas, familiares y prácticas: "La abuela del dragón". Eso sí que está bien y es racional hasta los límites del racionalismo. ¡Si hubo algún dragón tendría abuela! ¡Pero usted..., usted no tuvo abuela! Si la hubiese tenido, le habría enseñado a amar los cuentos de hadas. Usted no tuvo ni padre ni madre; no es posible explicarlo mediante causas naturales. Su existencia es imposible. Creo en muchas cosas que no he visto, pero de las cosas como usted puede decirse: "Bendito aquel que ha visto y aun así no cree". [...] En el nombre de Dios y de la democracia y de la abuela del dragón..., en el nombre de todo lo bueno, le conmino a abandonar esta casa y a no volver a visitarla jamás." Fuese o no como resultado del exorcismo, de lo que no cabe duda es de que se marchó de inmediato."
Tratarse por el nombre de pila (o de otro modo) y La abuela del dragón, En: Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos), traducción de Miguel Temprano, Ed. Acantilado, 2005.
"[...] La mayoría de los jóvenes acostumbran hoy* a llamarse a voces unos a otros por sus nombres de pila, o por las abreviaciones de sus nombres de pila, o por los más íntimos sustitutos de sus nombres de pila, tan pronto como son presentados, o incluso antes de ser presentados. Si (como bien sabemos usted y yo, que somos gente elegante) la deslumbrante y distinguida señorita Vernon-Vavasour fue bautizada como Gloria, pero sus amigos más devotos la llaman Gárgaras, hoy no hay la menor diferencia entre quienes la llaman Gárgaras, quienes la llaman Gloria y quienes normalmente preferirían, cuando alguien a quien no conocen acaba de presentársela, llamarla señorita Vernon-Vavasour."
Tratarse por el nombre de pila (o de otro modo)
*(finales del siglo XIX, principios del XX)
"[...] Abrí el libro y mis ojos cayeron sobre estas espléndidas y satisfactorias palabras: "La abuela del dragón." Al menos eso era razonable; al menos eso era comprensible; al menos eso era verdadero. ¡La abuela del dragón!, mientras paladeaba aquel aroma de auténtica realidad humana, levanté de pronto la mirada y me encontré con aquel monstruo de la corbata verde de pie en el umbral.
Quiero pensar que escuché con la educación oportuna lo que dijo acerca de la sociedad; pero cuando mencionó de pasada que no creía en los cuentos de hadas, perdí el control. "Pero bueno-le dije-, ¿qué clase de hombre es usted que no cree en los cuentos de hadas? Es mucho más fácil creer en Barbazul que creer en usted. Una barba azul es una desdicha, pero hay corbatas verdes que son un pecado. Es muchísimo más fácil creer en un millón de cuentos de hadas que creer en alguien que no cree en los cuentos de hadas. Antes besaría a los Grimm en lugar de la Biblia y juraría por todos sus cuentos como si fuesen los treinta y nueve artículos de la religión, que decir seriamente y de todo corazón que puede existir alguien como usted; que no es usted alguna tentación del demonio o alguna ilusión del vacío. Mire estas palabras sencillas, familiares y prácticas: "La abuela del dragón". Eso sí que está bien y es racional hasta los límites del racionalismo. ¡Si hubo algún dragón tendría abuela! ¡Pero usted..., usted no tuvo abuela! Si la hubiese tenido, le habría enseñado a amar los cuentos de hadas. Usted no tuvo ni padre ni madre; no es posible explicarlo mediante causas naturales. Su existencia es imposible. Creo en muchas cosas que no he visto, pero de las cosas como usted puede decirse: "Bendito aquel que ha visto y aun así no cree". [...] En el nombre de Dios y de la democracia y de la abuela del dragón..., en el nombre de todo lo bueno, le conmino a abandonar esta casa y a no volver a visitarla jamás." Fuese o no como resultado del exorcismo, de lo que no cabe duda es de que se marchó de inmediato."
La abuela del dragón
Tratarse por el nombre de pila (o de otro modo) y La abuela del dragón, En: Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos), traducción de Miguel Temprano, Ed. Acantilado, 2005.
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