martes, 2 de febrero de 2010

Querido diario:


Ultimamente se hacen cada vez más raros los momentos en los que las ganas de escribir se reúnen con la oportunidad de escribir. Este es uno de ellos. Una idea banal, que corresponde a las curiosidades (entre comillas) de este mes de febrero. Y es que que el lunes sea día uno, parece indicar que sin ningún género de dudas el día dos será martes. Así que esta sencilla serie lógica me proporciona la idea de escribir un mes de febrero tipo diario (ya he hecho algo parecido con los días de una semana), en el que cada artículo tome forma de las anotaciones de un diario y que cada artículo lleve por título la fecha de esa jornada. Nada más banal, en un principio, y nada más imposible, finalmente. Es cierto, esta idea me llega en martes, habiendo dejado ya el lunes en la inalcanzable lejanía de las fechas pasadas a las que no se puede regresar... ahora que lo pienso, en realidad podría cambiar el título del artículo en el editor del blogger...pero le quita bastante gracia (y metafísica) al asunto. Bueno, puesto que no es posible cambiarlo (sin hacer trampas), lo tendré que dejar para otra ocasión. No sé cuando volverá a ser un lunes el primer día de febrero... seguramente por aquellas fechas ya lo habré olvidado.
Es curioso lo fácil que resulta dejar tomar forma a las ideas, por absurdas e insignificantes que sean. Lo bueno del caso es que sin el pretexto de este blog, todas estas chorradas no habrían llegado nunca a existir. Lo que en principio aparece una reflexión compartida es, curiosamente, todo salvo la posibilidad de acceder a mi vida cotidiana. Dejando a un lado el relato de anécdotas (más o menos interesantes), vosotros, lectores, no podéis acceder más que al tiempo que dedico a escribir, aunque, si no escribiese nada, tampoco tendríais la posibilidad de saber lo que sucede en esta vida lyonesa, más que a través de algún mail ocasional o de una llamada de teléfono.¿Véis a lo que me refiero? Me pongo a teclear, y hala! Tampoco es que sea escritura automática, como la de los surrealistas, pero no creo que tenga demasiado sentido. Prefiero no volver atrás....
En realidad es agradable. Quiero decir, la sensación de teclear cuando hay algo que impulsa verdaderamente las palabras. No me refiero a una idea en concreto, sino a una especie de inercia que te permite seguir y seguir escribiendo, aunque solo escribas del hecho de estar escribiendo. Et ainsi de suite... Me gusta la sensación de escribir cuando la buena idea llega. De esos artículos ha habido pocos, y han resultado, creo, bastante bien. Algunos incluso me parecen bastante graciosos...pienso ahora en unas líneas (imprecisas) de un artículo de Borges sobre la transimisión de la palabra, en las que citaba a algún otro, diciendo que el maestro puede escoger el discípulo al que enseñar, pero un libro no puede escoger sus lectores, y de ahí deriva un gran peligro...me resulta sorprendente que en castellano el verbo aprender designe una única dirección en el proceso de enseñanza. En francés y en gallego se puede "aprender algo a alguien", y ese alguien puede, a su vez, aprenderlo. En castellano el profesor solo puede enseñar, "mostrar", quizá...es el alumno el que debe hacer el camino del aprendizaje. ¿Esta noción limita el trabajo del pedagogo a un simple acto "mostrativo"? Pedagogos del mundo, manifestaos! El profesor muestra el objeto del conocimiento, o puede que el camino del conocimiento, pero en ningún modo tiene la capacidad de operar el aprendizaje en el alumno. Es una visión parcial, certes, pero me parece interesante. La lengua francesa permite un proceso activo del aprendizaje en el que el profesor no es un simple mediador entre el conocimiento y el alumno, sino un actor directo en la fijación del saber. Ahora bien, podemos pensar el saber en términos de acumulación de información (memoria) o en términos de procesado de la información (inteligencia). Yo soy de los que no creen demasiado en la acumulación de cifras y referencias, pero es cierto que nuestra capacidad a resolver problemas puede necesitar del acceso a nuestras diferentes bases de datos y tanto mejor cuanta más información tengamos a nuestra disposición... Pongamos como ejemplo el baloncesto, o mejor, un juego de mesa. ¿Cómo aprendemos a jugar? Pues nos cogemos las instrucciones (o el fondo de la caja) y nos lanzamos en una serie de partidas iniciáticas en las que nos apoyamos en las reglas para intentar captar la esencia del juego. Y digo bien la esencia, ya que la sola observancia (vaya palabro...) de las reglas no hace de nosotros jugadores. Y tras esas primeras partidas de iniciación se produce, en algún momento, el desencadenamiento de la capacidad de jugar, la incorporación y automatización de las destrezas necesarias al juego, así como el conjunto de reglas que definen la convención de los límites que los jugadores se compromenten a respetar. Es lo que yo llamo el umbral del juego (sin redoble de tambores). Ese momento indefinible en el que abandonamos la seguridad de las instrucciones y de las partidas con las cartas boca arriba para asumir plenamente nuestras decisiones de juego. Este proceso es asimilable a cualquier otro dispositivo pedagógico. El umbral de aprendizaje existe en cualquier otra forma de enseñanza. Es el momento a partir del cual somos capaces de resolver un problema apoyándonos en nuestra capacidad a procesar la situación definida por el problema y a encontrar el acceso a la información necesaria para resolverlo, así como en nuestra experiencia previa acumulada.

Ah, es que este es el sujet de mi memoria de postgrado...por eso se me va un poco la olla a veces...


Coño, la una y cuarto...




A demain!

No hay comentarios: