
Llevo un par de minutos sentado con las manos sobre el teclado, mirando a la pantalla, mirando alrededor, mirando a través de la ventana. Son siempre las mismas imágenes cuando me siento a escribir. Quizá haya un par de papeles que han cambiado de sitio, un par de notas nuevas pegadas a la pared, un poco de ropa esperando a ser doblada y dos sobres grandes junto a la impresora. Quizá el día sea un poco más o menos gris que el anterior, y que las hojas de los plátanos que bordean la avenida Jean Jaurès se hayan vuelto completamente inertes, quizá el montón de periódicos que se acumula bajo el televisor haya crecido unos centímetros. Me levanto, me acerco a la ventana. La gente pasa con bolsas y paquetes. Cualquiera diría que son ya los regalos de Noël. A veces me quedo mirando fijamente la parada de autobús del otro lado de la calle. Sobre todo por la mañana, cuando levanto la persiana. Entra el aire frío y la dejo abierta un momento mientras observo la gente que espera el 11, el 4 o el 18. Es curioso, hoy, por ejemplo, una señora mayor levantó la vista un segundo y me dio vergüenza, como si me hubiese descubierto observándola, aunque creo que no llegó a verme. Supongo que ni siquiera se imaginaba que pudiese haber alguien mirando. ¿Mirando qué? ¿Por qué alguien podría querer observarla? Simplemente está ahí, sentada, esperando el autobús...
Vuelvo al ordenador. Nada que contar...
Vuelvo al ordenador. Nada que contar...
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