
La mañana del martes es una de las más tranquilas de la semana. Primero, me levanto un poco más tarde de lo habitual (acabo hecho polvo el lunes después del entrenamiento de basket universitario) y me tomo mis tostadas con calma. Después, recojo la ropa del tendal y la doblo (no tengo plancha...ni falta que hace) mientras saboreo los últimos tragos de café, y viendo algún que otro video en internet. A continuación me pongo a escribir un artículo en el blog, un artículo cómo éste, pero que no es éste, normalmente; éste sólo es éste, hoy, bien entendu, pero no creo que hiciese falta explicarlo...(acabo de ganar una línea de texto y un poco de humor del "menos malo"). Luego me pongo a preparar el ensayo de esta tarde, la cita más importante del día. Inventar algún ejercicio, releer el texto, revisar las notas de la última sesión...esas cosas. En realidad no hay ningún factor científicamente comprobado que determine la tranquilidad y la calma que acompañan mis martes. Es sólo una impresión convincente. Pero ahora, mientras escribo estas últimas palabras, me siento bien, en esos momentos de felicidad cotidiana, en los que no hay espacio para inquietarse por lo que todavía queda por hacer ni para lamentarse por lo que hemos hecho. Esa sensación en el que el tiempo se concentra en unos pocos segundos, los que rodean un momento concreto, y todo lo demás, antiguo o por venir, todas las cosas que, en realidad, constituyen nuestra infelicidad, no pueden acceder a nosotros....
Es curioso como una reflexión dominguera (aunque sea martes por la mañana) me arrastra hacia una idea interesante. En el fondo es cierto: el presente nunca es la causa de la tristeza: lo que nos preocupa en el presente son siempre hechos pasados o futuros. De un cierto modo, y esa es la sensación que tengo ahora, estoy aislado de todas esas cosas; de repente es como si hubiese olvidado, como si no tuviese acceso a la memoria, ni tampoco la capacidad de pensar en lo que va a venir. No es algo que decida yo, simplemente sucede, pero me encuentro realmente en un momento en el que la noción de tiempo desaparece, y, ahora que lo pienso, es la sensación que tengo cuando realmente me siento feliz. Para mí la idea de felicidad ha sido siempre la misma. Cada vez que he creído sentirla, era algo instantáneo, mínimo, un momento, precisamente en el que no eres consciente más que de lo que realmente estás haciendo y al mismo tiempo sabiendo que eres consciente de ello. Creo que eso es lo que constituye la diferencia más importante entre estar entretenido y estar feliz. Cuando estás en el cine y te enganchas a la peli pierdes la noción del tiempo, pero no piensas en lo feliz que eres. Y creo que la felicidad es indisociable del hecho de ser consciente de ella...
No hay comentarios:
Publicar un comentario