
Duerme en el portal de enfrente, en el hueco de la puerta de la GMF, sentada. No sé si lo hacía antes, pero es la primera vez que la veo. Os hablo de la mujer de la cabina, que sigue estando en el mismo sitio todo el día hablando sola. Ahora pasa las noches sentada bajo una manta en un hueco del otro lado de la calle. Puedo verla desde la ventana de la sala, cubierta por completo, apoyada contra la puerta de cristal, mirando a la calle. Se hace raro, da como un escalofrío de verla ahí fuera, aunque las noches ya no sean frías, y no tanto por la temperatura como por la sensación de vivir en un mundo aparte. Son imágenes que pesan sobre nuestra conciencia, pero que no nos impiden de seguir nuestro camino sin más que un estremecimiento y esa especie de congoja que se te queda agarrada a la garganta y que en el fondo no es sino una forma de culpabilidad.
Esta mañana volví a verla cuando iba al mercado, de pie en su cabina, con todo el movimiento de gente a su alrededor... me pregunto que podríamos ver a través de sus ojos, cómo se ve el mundo del otro lado del espejo...
Esta mañana volví a verla cuando iba al mercado, de pie en su cabina, con todo el movimiento de gente a su alrededor... me pregunto que podríamos ver a través de sus ojos, cómo se ve el mundo del otro lado del espejo...
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