De esos días en los que el despertador suena a las 10:30, lo apagas, suena de nuevo a las 10:39. Lo apagas definitivamente. No estás especialmente cansado, ni tienes demasiado sueño, pero te quedas perezosamente en la cama, dando vueltas, soñando a medio dormir, y cuando vuelves a mirar el despertador ya son más de las 12. Te das otra vuelta, y luego otra, y te acabas levantando a eso de la 1. Ese ha sido el día. Luego poner la nevera al día y descubrir que, como siempre que te puedes sentar delante de la tele, no hay absolutamente nada. Zut!
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